#TNTips: 8 consejos para dar una entrevista exitosa

 

  1. Es indispensable una buena presentación. Todo medio merece respeto y uno conoce a las personas por su presentación personal.
  2. Por encima de todo la puntualidad. Llegar con 10 o 15 minutos antes de la hora pactada permite tener tiempo para cuadrar maquillaje o apuntes básicos a repasar para la entrevista.
  3. Ser muy fluido en las respuestas. Siempre tratar de responder lo que se pregunta de manera concreta, pero resaltando detalles y demás contenidos que puedan hacer más interesante la respuesta.
  4. Conocer y entender de lo que se habla. Es preferible tener un discurso preparado, es decir, conocer los temas o tener respuestas que se acomoden a diferentes preguntas genéricas. En una entrevista también se mide el nivel de conocimiento de un artista y esto es importante y destacable para el periodista.
  5. Ser respetuoso siempre. No importa qué tan agradable o molesto sea un tema, la tolerancia y el lenguaje apropiado siempre son claves.
  6. Contacto visual e interacción. Comunicarse con el entrevistador es la base de una entrevista. Preferiblemente no usar gafas oscuras y sonreír para que el diálogo pueda ser más íntimo y por tanto resulte en una mejor entrevista.
  7. Ser agradecido por el espacio y trabajo de los demás. Tratar de siempre mostrar agradecimiento por el trabajo que realizan los demás. Que la meta sea ser recordado también por la humildad más que por el producto que se está ofreciendo. La gratitud es la clave del éxito.
  8. Ser activo en redes sociales para recibir retroalimentación y demostrar el interés por difundir el trabajo del medio. Es importante conocer la redes sociales tanto personales, del producto o de la empresa que se esté representando para interactuar y darla a conocer al público.Por Carolina Cubides 

    @carolinnaa24

    Jefe de prensa de TNM

OCESA Seitrack y TN Music, una alianza para impulsar la carrera artística de Manuel Medrano en México y Estados Unidos.

Responsabilidad musical infantil

Sonará a queja de adulto cuando digo: ¡ya la música no es como antes! Y no es precisamente por falta de oferta, hoy en día es más fácil producir, interpretar o aprender las diferentes herramientas para crear sonidos, pero no quiere decir que todo el mundo pueda hacer música. Las herramientas están, el talento de seguro existe y los recursos se consiguen. No será esta una nueva crítica a géneros comerciales, más bien un llamado a ser responsables con lo que producimos.

Por estos días la atención de la industria local está volcada hacia la polémica por la salida de Paul Gillman de Rock Al Parque, según una parte de la opinión pública, por la injerencia de Julio Correal, empresario y promotor cultural en la región. El debate se zanjó en la libertad de expresión y el “carácter político” de un evento que SÍ tiene que ver con política, pero por lo mismo necesita un debate de fondo en donde se analice su razón de ser, no por temas de discriminación o ideologías, sino porque al ser un escenario al que la ciudadanía tiene libre acceso, debe existir una consciencia y un cierto control en los mensajes impartidos por quienes vienen, participan u organizan este maravilloso evento en la capital. Una de esas medidas de control es el no ingreso a menores de edad, lástima, pero muy bien. Esta última aclaración me lleva al tema de este escrito. No se trata de Rock Al Parque, Gillman o Correal, se trata de los escenarios en los que no tenemos “control” y a públicos inmensos compuestos por menores de edad les llegan mensajes que tal vez no estén en edad de recibir.

No hay que ser psicólogo, sociólogo, filósofo, para reflexionar sobre los perjuicios de exponer a niños a líricas cargadas de connotaciones sexuales, machistas, conductas agresivas que incitan a violencia y demás, y ojo que no estoy hablando únicamente de géneros urbanos, el rock, el blues, incluso el pop “romántico” han marcado generaciones enteras con mensajes tanto positivos como negativos.

Las épocas en las que la tecnología estaba un poco más lejos que de nuestra propia mano nos permitían disfrutar un poco más de un solo producto; no nos perdíamos los conciertos por estar grabándolos, y no había mayor placer que escuchar un disco de principio a fin porque a veces daba pereza cambiar. Pero hoy en día basta un comando de voz o deslizar una pantalla para negarse a interactuar con una potencial obra de arte. A veces no sabemos qué estámos escuchando, pero nuestro cerebro y alma reaccionan a sonidos que agitan esa sensibilidad musical que cada uno de los seres humanos tiene. No hay que ser intérprete de instrumento para entender y disfrutar la música, pero dentro de esta experiencia la atención es primordial.

Todo este enredo es para decir que los pelados hoy en día no disfrutan un concierto por estar pendientes del exceso de información, pero sí son capaces de cantar esos “himnos” con los que esta era de la información nos satura a diario. Un niño de 5 años no tiene la menor idea de los sentidos de las composiciones de canciones que hoy en día son top 5 en emisoras radiales locales. No daré nombres y trataré de no entrar a criticar géneros porque no se trata de eso. La responsabilidad musical infantil con la que titulo esta opinión es un tema olvidado por la industria que ve en este público un potencial consumidor pero no genera ofertas a su demanda porque no es el público con el que pueden monetizar más rápidamente el consumo. Estamos en constante cambio e implementación de nuevos recursos para poder abarcar públicos más grandes, y a su vez, poder sectorizar, de manera mucho más acertada, esos públicos para crear canales de comunicación directos que nos permitan vender más productos. ¿Pero estamos poniendo atención a los mensajes que estamos generando?

Mientras un artista emergente, erguido sobre una tarima cual estrella de rock, desfoga todo el arsenal musical al que le ha invertido seguramente millones, noches enteras de trabajo y demás sacrificios para que su pasión pueda convertirse en un proyecto de vida remunerado, una centena de niños observa desatento mientras revisan sus celulares, toman fotos, se burlan, corren, van vienen, etc. El sencillo del artista pasó desapercibido, con mayor razón si tiene una letra compleja con vivencias del amor y otras condiciones humanas. Acá el artista debe hacer algo si quiere que este público al que le está mostrando su trabajo tenga aunque sea una conexión mínima con su existencia…

¡Alzate! – grita un niño.

¡NOOO! ¡Jimmy Gutiérrez! – se escucha otra voz entre el público.

Finalmente, y considerándola la decisión más acertada, el artista empieza a entonar “la canción de moda”: ‘Despacito’. Al unísino, surgen flashes por doquier y los gritos juguetones de un recreo obligado, se unen en un solo coro que obliga a todos a preguntarse ¿quién es ese que está cantando?

Ahora sí todos quieren autógrafo y ahora sí todos quieren foto. Creo que así son los niños… ¿o los humanos?

Entre las reglas para hacer promoción con un artista emergente está tocar covers, y no existe crítica alguna para esto, las canciones de otros son la esencia de la experiencia musical al iniciar una carrera de artista, pero ¿por qué escogemos este o aquel cover? ¿porque es popular? ¿por la letra? ¿por gusto personal? ¿porque es “bueno”?

El artista también intenta componer como sus modelos a seguir porque seguro son su influencia, influencia generada por una sociedad que le impuso eso cuando descubría que quería hacer música. Acá el círculo vicioso se repite. Emergentes que componen de cierta manera porque ven que eso es lo que pega. En sus ámplios repertorios son repetitivos el amor defectuso y condicionado, la infidelidad, el consumo, el odio y la banalidad como temáticas primordiales. Eso escucharon y eso transmiten. Pero a su vez, eso es lo que viven y no está mal. Eso no es lo que deberían vivir los niños, y eso está mal.

Aunque no es una revelación que los niños imitan lo que ven en algunos mayores, sí es un choque fuerte que un niño se sepa canciones con contenidos tan explícitos que ni siquiera uno, dañado y aventurero, ha tenido la oportunidad de vivir. Las repiten una y otra vez y desconocen el significado de las palabras en sus rimas. Puede que entiendan que el papá se bebió lo del arriendo y el mercado, o que la maldita traición hace beber copas de odio y por eso la gente toma… ¿será que sí?

¿Será que entienden que eso en cuatro no se ve? ¿cuatro qué… cuatro babys… felices los cuatro?

La música no es la misma y las generaciones tampoco, la cantidad de información es mayor y por ende el tío Ben siempre sale en este tipo de contextos en los que “un gran poder conlleva una gran responsabilidad”. ¿Tienen todos que hacer música infantil para los niños (valga la redundancia porque hay gente que compone como un niño y le pega a los niños más grandes)? No. Tampoco se trata de no hacer música “popular” o de no expresar esas vivencias o problemas del hombre. Pero es que los niños aún no son adultos y en su proceso educativo un bombardeo de mensajes, que ya no tienen nada de subliminales, escuchar tantas alusiones al sexo, a la degradación de la mujer en un objeto, a la admiración por lo material y la acumulación de bienes como meta para el éxito resulta nocivo en la conformación de su criterio. Al final la música es lo que menos importa. El modelo no es el ideal de arte o amor, tampoco lo es la poesía como una forma de expresión, es una estrategia de mercadeo para que nuestra infancia admire y recuerde a un intérprete al que tampoco le importa dar un mensaje integral y responsable.

Son entonces estas tarminas o escenarios los que dejamos de lado, porque la atención está concentrada en el público que consume, Y TODOS CONSUMEN, pero los daños colaterales de explotar una industria tienen secuelas generacionales. Y todos se asombran de la violencia contra la mujer. #Niunamás, pero prendemos el radio o buscamos los recomendados de las plataformas y nos vuelven a llenar de violencia. Y cantamos a pulmón herido.

Las ofertas son infinitas, como consumidores podemos escoger qué oír así nos impongan las tendencias, pero siendo infinitas, no somos responsables porque no sabemos y no nos interesa; esa educación involuntaria que estamos recibiendo va dibujando un huella en nuestros valores. Ahora, imagínenese el efecto en la infancia.

No considero a todo música, pero no critico géneros o diferentes expresiones, critico mensajes e intenciones. Ser artista implica responsabilidad y la industria olvida eso cada vez que abren un espacio para “entretener”. ¿Cuáles son esos modelos que estamos posicionando? ¿cuáles son los temas que abordamos y por qué? ¿debe ser mi arte una construcción consciente para aportarle un granito de educación y valores a la sociedad, o solo seré una moda, una grosería y un mal mensaje?

 

Lukas Tenjo

@lukastenjo

lukastenjo@gmail.com

 

¿Viral de virus?

1.450.000.000 y contando. Parece –cada vez que veo lanzamientos– que el fin de lanzar sencillos en ciertos géneros musicales es simplemente tener millones de reproducciones para monetizar y, por derecha, llegarle al público en el mundo entero, suena genial, pero acentúa la delgada línea entre arte y, como no me gusta que le llamen: humo. Hago la aclaración de lo último porque deseo respetar la labor de aquellos que han logrado obtener un sinnúmero de reproducciones en plataformas digitales como parte de una estrategia en la que un artista comunica un mensaje a través de un arte que escogió como profesión. Pero la pregunta que me hago es: ¿todos los artistas quieren lo mismo?
La tendencia entre artistas –no todos por supuesto– es buscar agencias o personas que les aseguren reproducciones, likes, vistas o, en resumen, dinero. Claro que a muchos les interesa la idea de llegar al corazón o alma del público, pero eso es tema de otra columna de opinión o, si no le parece, de la conclusión de esta.

El punto de esta crítica, porque sí es una crítica, es enfatizar en las razones por las que una canción escala posiciones, números y valores para entrar en los libros de la historia musical como un aporte cultural a un arte que tiene una faceta de “profesión”, de “hobby” o como muchos quisieran: “proyecto de vida”.

Tengo pegada la canción ‘Despacito’, ¿sufre usted de lo mismo que yo? No lo diré de forma peyorativa porque me gusta vivir la industria respetando todas las propuestas por más que no se encuentren en mis preferencias a reproducir, pero sí sé que la canción no se nos pega a muchos porque sea precisamente, y valga la redundancia, “pegajosa”. Existen en las bibliotecas digitales fenómenos mediáticos como ‘Gangnam Style’ de PSY, ‘Sorry’ de Bieber o ‘Shake It Off’ de Taylor Swift, canciones con más de dos mil millones de reproducciones para artistas con millones de seguidores alrededor del mundo, estas “viralizaciones” suceden con la integración de audiencias construidas a través de redes sociales y medios de comunicación. No es algo nuevo, pero hasta hace relativamente poco se alimentan del público local.
La cultura latinoamericana se va abriendo campo en la industria musical mundial y los ojos de todos estos públicos esparcidos alrededor de nuestro planeta –aún no sé si los habitantes de otros mundos ya escuchan Maluma o Ñejo y Dálmata– van poniendo cada vez más atención a lo que sucede por estas latitudes. En un mundo globalizado en donde la información y el sonido están al alcance de la mano, o del oído, es ya una parte de la crianza entender lo que conocemos como un proceso de viralización, pero veo que se convierte en un fin más importante que la calidad de la obra, el proceso natural de una composición y lo idílico que resulta ver cómo una canción que consideramos buena se convierte en un clásico del catálogo histórico.

Debí empezar con que la música debe ser subjetiva, eso me gusta creer, y en ese orden de ideas esta opinión pierde validez a la hora de ser un argumento en contra de la viralización de sencillos que considero meras estrategias de mercadeo para conseguir dinero. Y el problema no es ese precisamente, el problema son los espacios y oportunidades para otras obras mucho más conscientes, mejor compuestas y derivadas de emociones puras que usan melodías especiales y elaboradas armonías como una forma de desahogo artístico. El problema es también lo irrespetuoso e invasivo que se tornan los alcances de estas campañas para que ‘Despacito’, la obra poética ‘Cuatro Babys’ o la genialidad lingüística ‘Ay Vamos’ lleguen a TODOS los públicos sin filtro, sin preguntar, sin besos y sin vaselina.

Al ser la música una experiencia subjetiva, todo el material que se haga bajo los parámetros establecidos que definen una canción como canción estarían bien y entramos a un tema polémico que salda los debates como ‘cuestión de gustos’, pero en realidad ¿qué está bien y qué está mal en la música? No responderé eso porque no lo sé, pero sé qué me gusta y qué no. Al igual que quienes lean esto, tengo unos gustos particulares y me abandero orgulloso diciendo que me gusta toda la música, falso, pero sí trato de respetar todos los géneros. Acá aclaro que respeto los géneros urbanos y de hecho soy producto de la mezcolanza que nos dejan tantas influencias que permean un territorio como Colombia, pero a la hora de esos “gustos personales” mis listas no tendrán entre sus filas a artistas que salen en los primeros lugares de reproducciones de las principales plataformas; no quiere decir que no los consuma, porque mi crítica va a que me obligan a consumirlos.

No son solo los artistas, hay equipos enteros detrás de las estrategias planteadas y ejecutadas para que un trabajo discográfico tenga un gran éxito a nivel comercial, pero cuando vemos que las prioridades están en el alcance y no en la calidad del producto, me pregunto si las herramientas tecnológicas modernas y los paradigmas sociales vigentes del medio nos están cegando a la hora de hacer eso que todos profesamos y defendemos: ¡buena música!
No hay duda de que las producciones de música comercial tanto popular como alternativa son en su mayoría impecables y tienen en sus créditos grandes nombres de la industria, pero ¿hasta dónde tiene que ver el artista en la estrategia de difusión de su obra? ¿cuáles son las prioridades de algunos medios de comunicación a la hora de abrir espacios para artistas? ¿cuáles son las herramientas disponibles para que dichas obras puedan ser difundidas a públicos concretos y objetivos? Las respuestas a estas preguntas desbordan las redes y las rutinas de quienes trabajamos en la industria musical. No consiero que sean únicas sino que al igual que cada persona es diferente, cada proyecto debe ser abordado como tal.
En estos días leía una opinión sobre la cantidad de “jefes de prensa” que han surgido debido al crecimiento de la industria en nuestro país. Si cada vez hay más personas buscando espacios o ventanas en la industria musical local, es índice de que la industria está creciendo y la oferta musical se ha incrementado de manera exponencial en los últimos años. Por otro lado –sin que sea malo– también se puede ver que por el “rebusque” y la diversidad de competencias educativas que desarrollan los diferentes profesionales hoy en día en carreras afines, estos campos de acción presentan oportunidaes importantes tanto para artistas como para sus equipos.
Sobre este tema también hay una pregunta: ¿las personas que trabajamos del lado mediático o corporativo de la industria buscamos posicionar artistas o temas conscientes y creyentes de un producto? No se puede decir que sí en todos los casos, pero es el fin. El proceso musical también incluye la experiencia del público con la obra, pero si el fin de esta experiencia es un número y no la retroalimentación artística como tal, creo que el ejercicio no se está haciendo de manera ética.

Andrés Cepeda expresó en estos días cierta preocupación por la creciente tendencia de sus colegas por volcarse a los géneros urbanos con la intención de lograr la atención del público y trascender. “Hay personas que escogemos expresiones y nos comprometemos con ellas, lo cual agradece el público”, argumentó Cepeda. “Cuando pase la moda (…) el público que habías ganado probablemente no te tenga el respeto de antes”. Quisiera pensar que la experiencia artística es una expresión de respeto y admiración por la obra de otro. El consumo en este ámbito se convierte en esa retroalimentación que conlleva el éxito de un producto musical.

En días pasados Silvestre Dangond pidió disculpas asegurando que en el próximo disco hará un par de canciones internacionales, que le exige la disquera, y el resto se lo va a “mamar haciendo lo que quiera”. “Si usted no aprueba el éxito de los demás, no espere que aprueben el suyo…”, dijo el guajiro en respuesta a las críticas de sus seguidores por el contenido de su último trabajo discográfico. De cualquier manera, considero que los artistas deben incursionar en diversos géneros, no necesariamente a nivel comercial, sino como parte de su aprendizaje y enriquecimiento de su repertorio. Pero no defiendo cambiar de género por tendencia. Es muy difícil ser purista o incluso “original” en una “industria” de más de un siglo y en un mundo de más de 7.000 millones de personas. Pero sí considero que “la música es sinónimo de libertad, de tocar lo que quieras y como quieras, siempre que sea bueno y tenga pasión, que la música sea el alimento del amor”, según lo aseguró Kurt Cobain hace poco más de dos décadas.

El ejercicio comunicativo desarrollado en la música debe ser consciente si se busca una obra de calidad. Si es una simple estrategia de posicionamiento que no considera la parte emocional, histórica, social y todos los impactos que puede llegar a tener en la educación, en el futuro, y en esos ideales musicales colectivos, el daño que se le está haciendo a la industria es incalculable. Me tranquiliza pensar que al igual que muchas cosas en la vida, los géneros también pueden ser etapas, a como dicen mil canciones: “todo tiene su final”. Lo que sí me preocupa es que el dinero y las reglas están dispuestos para que la industria siga sufriendo atropellos y los emergentes ni siquiera merezcan ser nombrados. Los espacios existen, el dinero se consigue, las estrategias se inventan, los artistas se forman, pero ¿cuáles son esos modelos a seguir? ¿serán incluso necesarios modelos? (tal vez no, ya opiné que la música es subjetiva). Pero precisamente, ¿si es subjetiva por qué todos quieren lo mismo y me siguen poniendo una y otra vez lo que no he pedido escuchar? ¿apago y me voy? La alienación no es la alternativa en un mundo de información con tanto alcance, pero sí debemos aprender a usar las herramientas que tenemos a la mano –y desarrollar más, por supuesto– para que exista equidad y criterio a la hora de difundir algo tan humano como lo es la música.

La música es una herramienta de expresión, es un lenguaje en sí y, como aseguran los libros que dijo una vez Ludwig Van Beethoven –no, no es un cantante de géneros urbanos y sus composiciones no tienen que ver en la reflexión musical más que por la expresión que cito (para que no me salten porque no estoy comparando géneros tan distintos)–: “La música constituye una revelación más alta que ninguna filosofía”. La música, el artista, los equipos de trabajo, los medios de comunicación, el público y todos quienes hacen parte de este mundo merecen respeto y este arte es un derecho. Yo trato de respetar lo que otros quieren oír y lo que otros consideran “buena música”, de eso se trata ¿no? De que la música es un lugar al que uno llega, un refugio, una forma de contar lo que sucede en la cabeza y el corazón de quien crea, no una pauta publicitaria o una cifra traducida a pesos.

Lukas Tenjo
@lukastenjo
lukastenjo@gmail.com